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EDICIÓN ESPAÑA

Una extraña invitación

Laponia se vende en España: la visita a Franco en 1965

Medio siglo después, las protagonistas recuerdan la emoción de la visita a un país de cuya existencia no tenían noticias

Era 1965. Las dos protagonistas de esta historia, Karoliina Nuorgam y Hilma Mustonen (Nourgam de soltera), tenían apenas 14 años de edad. No tenían ni idea de la existencia de España, mucho menos de que fuera una dictadura dirigida por un militar. Ninguna de las dos había subido jamás a un avión, entre otras cosas porque los pastores de renos de Kaamasmukka, en la Laponia finlandesa no solían irse de vacaciones al sur.

Ninguna de las dos recuerda cómo, a través de contactos que tenían, sus familias recibieron una invitación del general Franco para visitar España. Nunca supieron bien la razón, pero el autócrata quería encontrarse con una familia saami (o sea lapona, un grupo étnico cuya presencia se extiende por los tres países que conforman Laponia; Noruega, Suecia y Finlandia) y ellos fueron los escogidos.

Nuestras dos protagonistas conservan las noticias que su viaje provocó en el Pohjolan Sanomat o en el Lapin Kansa, dos periódicos regionales lapones. E, igualmente, tienen aún recortes de lo que decía de su visita la prensa española, porque este viaje se convirtió en un extraño evento en el que los lapones lograron una publicidad turística en España que jamás hubieran imaginado, lo cual tampoco era de mucha utilidad dada la escasa capacidad económica de los españoles para viajar en aquellos tiempos del seiscientos y de los planes económicos.

Hoy, cincuenta años después, todos los periódicos regionales de Barents publican reportajes recordando tan extravagante evento. “Eino Repo, un amigo familiar, que era jefe de la policía, fue informado de que Franco quería encontrarse con una familia lapona. Había invitado a una familia a su palacio en Madrid”, recuerdan. No sabrían decir qué palacio es, pero es de pensar que se trataba de El Pardo, donde habitualmente residía el jefe del estado de aquel momento.

El viaje no fue nada sencillo. Hans y Karolina, los padres, y los niños, cogerían por primera vez en su vida un avión que los llevaría de Ivalo a Helsinki, desde donde otro avión, un día después, los tendrían que dejar en la capital española.

Hilma Mustonen recuerda la emoción del avión. Mustonen explica que llegaron al aeropuerto y ella vio un avión que había despegado y se alejaba por los cielos. Ella dijo, sin saberlo, si no sería ese su avión. Efectivamente, lo era. Habían perdido el avión. Pero no era su culpa, porque alguien había apuntado la hora de embarque y de salida erróneamente. “Afortunadamente, Pentii Halonen viajaba con nosotros y Halonen tenía un puesto importante en Finnair. Entonces fue a la ventanilla y le dijo al representante de la compañía que habíamos perdido el avión, pero que el billete estaba mal.” Lo que hoy habría resultado impensable, tras unas gestiones el avión había regresado de su vuelo para recogernos. “Toda la zona delantera del avión estaba vacía porque eran asientos reservados para nosotros”, recuerda Karoliina. “Como algunos pasajeros se habían cambiado, nos hicieron lugar. Todo el mundo nos miraba preguntándose quiénes seríamos, para desviar el avión de aquella manera”.

Los lapones están acostumbrados al turismo. Entre otras cosas porque por Navidades mucha gente acude a ver cómo Santa Claus o Papa Noel parte con sus trineos desde las frías tierras laponas. Desde el siglo XIX, los turistas han sido casi tan frecuentes en la región como los mismísimos renos. De forma que la implicación de Finnair y de muchas otras entidades y personas de la región convirtió la invitación del dictador en un acto promocional: la familia Nuorgam debía vender Laponia a cuanto latino se encontrara por el camino.

El Pohjolan Sanomat escribía en junio de 1965 que “podemos informar que nunca Finlandia, en tiempos de paz, había recibido tanta atención en España como esta semana. Una familia lapona apareció varias veces en la televisión”, que entonces era apenas un canal.

Los Nourgam se encontraron durante 15 minutos con el dictador. “Aunque hubo mucha gente en la audiencia –dice el periódico– los lapones salen en general en las portadas de los diarios”.
Junio en Finlandia como en España, es casi verano. Pero “casi verano” en Laponia pueden ser diez grados de temperatura, mientras que ese fue un año un poco caluroso en España, lo que significa que la temperatura fácilmente triplicaba a la local.

Los Nuorgam, sin embargo, estuvieron todo el tiempo recorriendo Madrid con las ropas tradicionales, no precisamente estivales. Hilma recuerda que pasó mucho calor. Las fotos con las ropas tradicionales eran fantásticas, pero pasamos mucho calor. Cuando a la noche llegábamos al hotel, era un placer porque nos podíamos quitar aquello.”

Los Nuorgam participaron también en el Festival Español de la Canción, en el que la madre, Karoliina interpretó un tema local, acompañada por músicos profesionales. “Fue un concierto. Nuestra madre cantaba en lapón, un tema de cuya letra me acuerdo perfectamente”. Han pasado 53 años del viaje, pero en Laponia aún hoy se conserva el recuerdo de un viaje promocional insólito, a un país sureño que nadie por entonces visitaba, para difundir la imagen de un territorio lejano y frío. Las Nuorgam lo recuerdan vivamente.


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A esta familia lapona NO la invitó Franco. Los invitó el alcalde de Benidorm, don Pedro Zaragoza Orts, en una operación conjunta de promoción con las líneas aéreas finesas. Y en Madrid, fueron recibidor por Franco. Desde entonces, como anécdota, Benidorm tiene un consulado en Laponia.

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