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EDICIÓN ESPAÑA

Turismofobia: ¿quiénes son los culpables?

De repente el turismo interesa a todos los medios de comunicación. Han bastado unos cuantos ataques a turistas en Barcelona y Palma para que hayan entendido que hay que ocuparse de este asunto del que habitualmente, con la excepción de agosto, se olvidan. Desde el punto de vista de la propaganda los “terroristas” han conseguido sus objetivos sin derramar una gota de sangre. Los articulistas definen estos ataques como “turismofobia”. Autoridades y medios los condenan –por supuesto no todos–. Puigdemont y Junqueras se han quedado mudos para no enfrentarse a la CUP.

 

La cobertura nacional es amplia, pero lo importante desde el punto de vista del negocio es la internacional. Todos los grandes medios mundiales han cubierto extensamente el incidente del autobús en Barcelona y, en Gran Bretaña, el país que más turistas manda a España, los diarios sensacionalistas no han perdido ocasión de advertir a sus lectores de los peligros de viajar a algunos destinos españoles. Eso sí es un éxito importante de los vándalos.

 

¿Pero son ellos los únicos culpables? Por supuesto, son los principales y sus actuaciones deben ser perseguidas y castigadas, pero eso no debe ocultarnos que también, y aunque sea en un nivel muy inferior hay muchos que por omisión o activamente han dejado que la situación se deteriorara sin poner los medios para frenar una situación que estaba claro que se les iba a ir de las manos. Los desalmados han leído el sentir de una parte de la población que vive en los lugares más afectados por la invasión y se han lanzado por una vía que cuenta con el apoyo de algunos vecinos. ¿Qué han hecho las autoridades para evitar que el número de turistas supere la capacidad de carga? Pues cantar alegremente como los niños de San Ildefonso que más contentos se ponen cuantos más millones anuncian. Parece que lo importante es que vamos a batir otro record este año y que incluso podemos superar a Francia en número de viajes, sin pensar que hace mucho que hemos superado al vecino en ingresos y pernoctaciones.

 

Dicen que quieren turismo de calidad, es decir que gaste más, pero no toman una sola medida que vaya en esa dirección. Es más, se oponen a las pocas que existen y que podrían encarecer el producto como son las tasas turísticas impuestas de una forma u otra en la mayor parte del mundo. Incluso bajan las tasas aéreas y no son capaces de controlar los alojamientos, muchos ilegales, que acogen a bajo precio a buena parte de los nuevos turistas y que también deberían pagar impuestos.

 

Lo malo es que esto ocurre en un año en el que por primera vez desde la crisis el gasto de cada turista en España es superior al crecimiento en el número de estos, aunque aún estemos lejos de las cifras anteriores a las dificultades.

 

Si no se corta de raíz y los ataques al turismo siguen, lo más probable es que se produzca un efecto perverso por el que muchos turistas “de calidad” se vayan a otros destinos porque tienen recursos para ellos mientras que se incrementara el número de los que no tienen medios para ir a otra parte y además se divierten en esas situaciones, léase bastantes jóvenes ingleses, produciéndose un deterioro en la “calidad” de nuestro turismo.

 

Mientras en Venecia están limitando el tráfico de cruceros Barcelona manda el mensaje de cuantos más mejor. El País del 4 de agosto publicaba un artículo en el que se afirmaba que cada crucerista gastaba de media 202 euros por dia. Si eso fuera cierto el gasto total sería superior a los seiscientos millones de euros. Los datos, claro está, proceden de la Autoridad Portuaria y por supuesto no se evalúan los daños medioambientales que producen esos monstruos marinos. Habrá que empezar a ser un poco más crítico con las cifras y entender que la ciudad difícilmente puede asimilar las treinta mil personas que desembarcan algún fin de semana.

 

 

Para resolver el problema tenemos que empezar a admitir que todos somos culpables, autoridades, medios de comunicación, vecinos que han vendido su alma, o más bien la han alquilado, algunos empresarios que prefieren obtener un beneficio rápido a un turismo sostenible y los votantes que podrían desalojar a los que permiten que la situación se haya deteriorado hasta los actuales niveles.

 

Si entre todos hemos permitido que se creara el problema entre todos tenemos que ayudar a resolverlo.



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